jueves, 19 de abril de 2012

El derecho a equivocarse

¿Qué tal sigues, querido jefe novato? Espero que mis últimos posts sobre cómo hacer frente a las críticas (I y II) te hayan ayudado y te sientas un poco mejor cuando arrecian. En realidad, aunque lo he titulado de forma diferente, esta nueva entrega de El Cargo podría ser la tercera parte... pero he preferido darle entidad propia debido a la importancia que tiene asimilar esta idea. Sin ella, tus intentos por sobrevivir a la maledicencia serán en vano.


Todos nos equivocamos. Si has sido soldado raso antes que sargento, tú deberías saberlo mejor que nadie. Y, si tratas de ejercer tu labor de mando de forma responsable, probablemente te habrás marcado como objetivo no ponerte nervioso ante las equivocaciones ajenas, ser constructivo y no machacarles demasiado cuando los errores se muestren ante ti en todo su esplendor. (Si no lo has hecho todavía, deberías empezar por ahí. Estás donde estás para ayudar a conseguir objetivos, no para causar infelicidad en los demás... o por lo menos, no más de la necesaria.) Normalmente, cuando nos equivocamos, todos nos sentimos mal, pero ese malestar debería ser lo bastante llevadero como para permirnos reaccionar y remediar el error, además de aprender para la próxima vez. Un "Te lo dije" a destiempo o hurgar en la herida no ayudarán. En ningún caso. Ya sé que a veces los errores ajenos cabrean, pero seguro que en alguna ocasión alguien habrá tenido la delicadeza de señalarte uno y hacerte reaccionar sin provocarte más vergüenza ni malestar. Es para estarle agradecido, ¿no?

Bien. Seguro que esta parte ya te la sabes. Y si es así, es posible que te hayas llevado una sorpresa desagradable al comprobar que los demás no tienen ni la menor intención de devolverte la delicadeza que tanto te esfuerzas en demostrarles cuando hacen las cosas mal. Ya hemos aludido de pasada a este tema: no hay piedad con el jefe... que, como todo el mundo, también se equivoca, no menos sino tanto o más que los demás. En su caso, además, hay un agravante, y es que su labor suele afectar a otras personas; es posible que incluso a todo el equipo. De esta forma, no solo le resulta más difícil esconder sus errores, sino que además tendrá más dificultades (pero también más oportunidades; no todo iba a ser malo) para paliar las consecuencias. Los demás, por su parte, descubrirán con placer que la persona que les da órdenes también comete errores, y por tanto es tan humano, y por tanto criticable, como los demás.

Ante esta situación, el jefe, consciente de que está aprendiendo, puede tomar algunas medidas: o bien obsesionarse con no cometer más errores (con lo cual, además de sufrir permanentemente, estará tan nervioso que cometerá más todavía) o bien preocuparse en exceso de taparlos (con lo cual, cuando sean descubiertos, sus esfuerzos por ocultarlos se convertirán en un nuevo material para criticar).

La experiencia le demostrará que ambas actitudes no son sino nuevas equivocaciones. Si los demás no le reconocen el derecho a equivocarse, debería empezar por reconocérselo él mismo y aceptar los fallos con naturalidad. No se trata de enorgullecerse de los defectos o los errores, como hacen algunos, o de ir por la vida avergonzándose de ellos y esperando indulgencia de quien ya sabemos que no la tiene. ¿Qué pasa cuando un compañero cambia de puesto de forma 'lateral'? Esperará que los compañeros y el jefe le den cierto cuartelillo al principio, porque tendrá que aprender cosas nuevas, ¿no? Pero en el caso de los ascensos, esto no es así. Y un jefe tiene tantas o más cosas que aprender que una persona que cambia de tarea pero mantiene un nivel similar de responsabilidad.

Si los demás ven que el propio jefe acepta los inconvenientes del aprendizaje de forma natural y se esfuerza cada día por aprender de sus propios errores, las personas con sentido común acabarán aceptándolo y los críticos terminarán por aburrirse. Si no fuera así, en el peor de los casos, el sargento no añadirá su 'autointransigencia' a la que ya le muestran los demás y reducirá así su nivel de estrés.

No hay comentarios:

Publicar un comentario