Querido aprendiz de sargento: ¿Has probado ya tu silla nueva? ¿Te has parado a mirar a tu alrededor, desde esa nueva perspectiva? Puede que incluso ahora tengas un despacho para trabajar más tranquilo (tranquilidad ficticia, claro... ya irás entendiendo por qué) y que estés preguntándote todavía por dónde empezar la nueva tarea. Bien. Eso está muy bien. Pero, antes, echa un vistazo a aquel post donde hablábamos de la empatía... y empieza a prepararte para practicarla. ¿Que por dónde empiezas? Por ti mismo. Faltaría más.
Ya hemos insistido en lo importante que es situarse y saber dónde se está en cada momento. Pero, para tener éxito en esta tarea, primero hay que conocerse. Y eso no se consigue con mirarse en un espejo. (Mejor para ti. A partir de ahora, casi todos los espejos de tu entorno laboral en los que te proyectes se parecerán mucho a los del callejón del Gato. Pero ya hablaremos de eso.) Antes de 'proyectarte', tendrás que tener claro cómo eres tú. Y si lo uno entra en contradicción con lo otro..., bueno, entonces empezamos mal.
¿Qué se te da bien? ¿Por qué cualidades te aprecian más tus amigos? Y, casi más importante, ¿qué cualidades tuyas exasperan a tus amigos? (Me refiero a los amigos de verdad, los que, en caso necesario, y con espíritu constructivo, te leen la cartilla de vez en cuando.) ¿Se te da bien escuchar? ¿Eres organizado? ¿Eres un torrente de entusiasmo, o más bien discreto?
Te lo pregunto porque, por mucho que los libros, el cine e incluso la vida real estén llenos de líderes dinámicos y parlanchines, tú eno tienes por qué ser así. Y el peor error que podrías cometer sería empezar a comportarte como nunca antes te habías comportado, solo porque creas que eso es lo que tus compañeros, subordinados o jefes esperan ahora de ti. En realidad, si te han ascendido, es por ser como eres, no porque pretendan que de repente te transformes en otra persona.
Así que atesora tus virtudes y practícalas, mientras tratas de limar tus defectos. (Claro que, para eso, hace falta ser consciente de ellos y querer cambiarlos. Si eres de la clase de personas que se enorgullecen de sus defectos, aun a sabiendas de que lo son, quizá deberías plantearte algunas cosas.) Sé natural. Y no trates de aparentar cosas que no sean sinceras. Si no estás de buen humor, trata de no ser maleducado ni poner malas caras a los demás, pero tampoco finjas que vives el mejor de tus días; si no, los demás olerán tu impostura a kilómetros (sobre todo si ya te conocen), y desconfiarán de ti. (Probablemente lo harán de todas formas, porque ahora eres el jefe, pero no lo empeores tú.) Ya sabemos que pedir eso a alguien es caer automáticamente en una paradoja, pero bastará con que sepas detenerte a ti mismo cuando quieras adornar o disimular algo cuando no es necesario.
Piensa también (y con frecuencia, porque las respuestas varían en función del nivel de euforia de cada día) de qué eres capaz, y de qué no. ¿Puedes controlar el trabajo de quince personas permanentemente? ¿Puedes mostrar firmeza (sin autoritarismo) cuando tengas que corregir un trabajo o enfrentarte a un problema? Si no es así, tendrás que aprender y, mientras lo hagas, deberás ser consciente de que llevas una enorme L blanca con fondo verde en la espalda. (Los demás también la verán, claro. Pero ya hablaremos de eso.) Y, si lo sabes, entonces podrás tomártelo como lo que es, una buena ocasión para practicar hasta que te 'salga solo'. De esta forma, podrás concentrarte en la tarea y dejar de preocuparte por que parezca que 'vas sobrado', lo que obstaculizaría el aprendizaje y el resultado. Fuerza en cada ocasión hasta donde seas capaz de forzar... ni más, ni menos. Tú eres quien debe medir tu capacidad y tus recursos antes de lanzarte a la acción. Los demás ya lo harán (y puede que igual que los espejos del Callejón del Gato) cuando hayas terminado.
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