lunes, 27 de febrero de 2012

¿Qué clase de jefe quieres ser?

Querido aprendiz de sargento: ¿Has probado ya tu silla nueva? ¿Te has parado a mirar a tu alrededor, desde esa nueva perspectiva? Puede que incluso ahora tengas un despacho para trabajar más tranquilo (tranquilidad ficticia, claro... ya irás entendiendo por qué) y que estés preguntándote todavía por dónde empezar la nueva tarea. Bien. Eso está muy bien. Pero, antes, echa un vistazo a aquel post donde hablábamos de la empatía... y empieza a prepararte para practicarla. ¿Que por dónde empiezas? Por ti mismo. Faltaría más.

Ya hemos insistido en lo importante que es situarse y saber dónde se está en cada momento. Pero, para tener éxito en esta tarea, primero hay que conocerse. Y eso no se consigue con mirarse en un espejo. (Mejor para ti. A partir de ahora, casi todos los espejos de tu entorno laboral en los que te proyectes se parecerán mucho a los del callejón del Gato. Pero ya hablaremos de eso.) Antes de 'proyectarte', tendrás que tener claro cómo eres tú. Y si lo uno entra en contradicción con lo otro..., bueno, entonces empezamos mal.

¿Qué se te da bien? ¿Por qué cualidades te aprecian más tus amigos? Y, casi más importante, ¿qué cualidades tuyas exasperan a tus amigos? (Me refiero a los amigos de verdad, los que, en caso necesario, y con espíritu constructivo, te leen la cartilla de vez en cuando.) ¿Se te da bien escuchar? ¿Eres organizado? ¿Eres un torrente de entusiasmo, o más bien discreto?

Te lo pregunto porque, por mucho que los libros, el cine e incluso la vida real estén llenos de líderes dinámicos y parlanchines, tú eno tienes por qué ser así. Y el peor error que podrías cometer sería empezar a comportarte como nunca antes te habías comportado, solo porque creas que eso es lo que tus compañeros, subordinados o jefes esperan ahora de ti. En realidad, si te han ascendido, es por ser como eres, no porque pretendan que de repente te transformes en otra persona.

Así que atesora tus virtudes y practícalas, mientras tratas de limar tus defectos. (Claro que, para eso, hace falta ser consciente de ellos y querer cambiarlos. Si eres de la clase de personas que se enorgullecen de sus defectos, aun a sabiendas de que lo son, quizá deberías plantearte algunas cosas.) Sé natural. Y no trates de aparentar cosas que no sean sinceras. Si no estás de buen humor, trata de no ser maleducado ni poner malas caras a los demás, pero tampoco finjas que vives el mejor de tus días; si no, los demás olerán tu impostura a kilómetros (sobre todo si ya te conocen), y desconfiarán de ti. (Probablemente lo harán de todas formas, porque ahora eres el jefe, pero no lo empeores tú.) Ya sabemos que pedir eso a alguien es caer automáticamente en una paradoja, pero bastará con que sepas detenerte a ti mismo cuando quieras adornar o disimular algo cuando no es necesario.

Piensa también (y con frecuencia, porque las respuestas varían en función del nivel de euforia de cada día) de qué eres capaz, y de qué no. ¿Puedes controlar el trabajo de quince personas permanentemente? ¿Puedes mostrar firmeza (sin autoritarismo) cuando tengas que corregir un trabajo o enfrentarte a un problema? Si no es así, tendrás que aprender y, mientras lo hagas, deberás ser consciente de que llevas una enorme L blanca con fondo verde en la espalda. (Los demás también la verán, claro. Pero ya hablaremos de eso.) Y, si lo sabes, entonces podrás tomártelo como lo que es, una buena ocasión para practicar hasta que te 'salga solo'. De esta forma, podrás concentrarte en la tarea y dejar de preocuparte por que parezca que 'vas sobrado', lo que obstaculizaría el aprendizaje y el resultado. Fuerza en cada ocasión hasta donde seas capaz de forzar... ni más, ni menos. Tú eres quien debe medir tu capacidad y tus recursos antes de lanzarte a la acción. Los demás ya lo harán (y puede que igual que los espejos del Callejón del Gato) cuando hayas terminado.

lunes, 20 de febrero de 2012

Ciencia ficción para jefes novatos: 'El juego de Ender', de Orson Scott Card

¿Que no te gusta la ciencia ficción? Espera un momento. No te vayas todavía, que no voy a hablarte de naves espaciales. Para naves, supongo que tú ya tienes bastante con pensar en la tuya.

Lo que pretendo, en realidad, es recomendarte un libro ambientado en un futuro imaginario, sí, pero que lo mismo podría estar envuelto en un ambiente del pasado o del presente. Da igual. Lo que lo hace especial (y, lo que es más importante, muy útil) es que analiza "la formación de la personalidad de un líder", alguien destinado a llevar a cabo la empresa más difícil imaginada por la humanidad.

Ya sé que este blog se ha declarado ajeno a los líderes cósmicos y que tú, lector, eres, como yo, un aprendiz de sargento raso, algo que (ya lo sabemos a estas alturas) se parece a un héroe carismático lo que un huevo a una castaña. Pero El juego de Ender, con todo, puede ayudarte, porque su protagonista tiene los mismos temores que cualquier jefe novato de a pie. Le piden que dé la talla en una tarea para la que le suponen preparado, pero él mismo duda de si lo está, por la sencilla razón de que nunca se ha enfrentado a ella. Y, por si fuera poco, sus compañeros no esperan a comprobarlo tampoco: le critican a cada paso y ponen en duda, a la cara y por la espalda, su capacidad, sin darle siquiera la oportunidad de actuar antes de juzgarle. (¿Te suena de algo? Si es así, escríbeme. Me haría mucha ilusión.) Para Ender (y para ti, querido sargento novel), la única forma de continuar con su tarea pasa por hacer caso omiso de los miedos, propios y ajenos, y de las críticas destructivas.

En fin, te dejo que descubras tú mismo los detalles. Seguro que te da para pasar un buen rato (se me había olvidado decirte que, además, es una novela muy entretenida) y para reflexionar.

lunes, 13 de febrero de 2012

Ser jefe es comer solo

Así de crudo me lo pintó un jefe muy jefe, de los altos, que no tuvo que pasar por la fase de mando intermedio. Eso fue lo que me respondió después de haberle pedido consejo al final del enésimo mal día consecutivo. Y yo no habría podido definirlo mejor.

No tiene por qué ser literal, claro... pero el fenómeno es más o menos el mismo. Cuando un jefe entra por una puerta, la conversación salta por la ventana e, incluso, dependiendo de los reflejos de los contertulios, puede llegar a producirse un silencio incómodo. Los empleados necesitan tiempo para quejarse. De hecho, para algunos este es su deporte favorito. Divierte y desahoga. Y la mayoría ya lo convierten en un 'leña al mono' constante, pase lo que pase, con razón o sin ella, y la mayor parte de las veces sin ninguna vocación constructiva. (Pero ese es otro tema. Si eres de los que solo se quejan cuando tienen algo que aportar, y tratando de ponerse en el lugar de los demás, o bien cuando la causa es indiscutible, escríbeme. Podrías ayudarme a mejorar este blog y me haría mucha ilusión.) (Si lo que pasa es que no te gusta y punto, simplemente márchate. Tal vez no me haría ilusión, pero al menos ambos dejaríamos de perder el tiempo.)

A los otros, a los que piensan que algo se puede hacer mejor y van y lo dicen de manera racional, y aportan ideas, hay que escucharles, al menos, porque ellos sí lo merecen. (Pero este también es otro tema.) Pero en esos momentos, en los de 'leña al mono', el jefe sobra. En el mejor de los casos, ellos esperarán que el jefe entienda sus ataques. En el peor, no solo no se pararán a pensar en eso, sino que además pensarán que a él le va en el cargo aguantar el fuego 'amigo', quedarse solo (aun cuando no exista conflicto, o las quejas las haya originado otro jefe) y sin el derecho (ni siquiera la oportunidad) de exponer su punto de vista... porque nadie se lo preguntará. Y porque, aunque así fuera, cualquier cosa que dijera podría ser utilizada en su contra en la próxima sesión de 'leña al mono'.

lunes, 6 de febrero de 2012

El mando intermedio

"¿A mí qué coño me cuentas? Yo solo soy tu sargento"
Sargento Jay Landsman, The Wire

Antes de nada, estimado lector recién ascendido (o aspirante a un ascenso), debes pararte un segundo a pensar quién eres ahora. No en el sentido existencial, claro: me refiero al ámbito laboral. De nuevo, da igual que te dediques a la venta de coches o al mundo de la publicidad: el mando intermedio (también conocido como sargento) no deja de ser una posición en la jerarquía de una organización.

Si te han ascendido, una de las razones será, probablemente, tu valía en el desempeño de tu labor: como panadero, como abogado, como dependiente en una tienda de moda... Pero ahora tendrás que demostrar otras cualidades referidas a la organización del trabajo, el mantenimiento del orden y la toma de decisiones. Y aquí viene uno de los errores más comunes: el mando intermedio se comporta como director, que viene a ser como si el sargento se comportase como el comandante. Como si el organizador pretendiera ejercer de líder. O el táctico se autoerigiera en estratega. No sé si me explico. Y cuando uno asume un papel que no le corresponde, lo más seguro es que cometa un despropósito tras otro.

Uno debe, ante todo, conocerse. Saber lo que es y lo que no es. Pero casi tan importante como eso es saber dónde se está en cada momento y qué rol nos corresponde en cada sistema del que formamos parte, en este caso, el entorno laboral. (Esto puede aplicarse a otros muchos ámbitos personales, pero eso es otra historia.) Un mando intermedio organiza, no lidera. Toma las decisiones que le asigne el líder de forma explícita. (Cuanto más explícita, mejor: lo mejor es preguntar al superior qué espera de nosotros. Y cuanto antes.) Y, en su ausencia, ejerce de líder con las limitaciones de la temporalidad y, sobre todo, del sentido común: no decidas cosas que tu jefe no decidiría si le tocara hacerlo a él. Aquí toca encontrar el difícil equilibrio entre hacer las cosas 'a nuestra manera' y no entrar en conflicto con las directrices superiores. Un poco de creatividad está bien. Demasiada puede ser fatal.

¿Estás de acuerdo? Tanto si es así como si no, puedes enviarme tus comentarios. Me haría mucha ilusión.