¡Felicidades por el ascenso!
Qué bien, ¿no? ¡Eres el nuevo jefe! Qué alegría tan grande. Para ti y, en el mejor de los casos, para tus compañeros, que, tanto si deseaban tu puesto como si no, ponen ahora sus esperanzas de mejora en ti, en tus decisiones, en tu nuevo trabajo. (¿Que no es nuevo, dices? ¿Que llevas [inserta aquí tus propios datos] años en la empresa, con estos mismos compañeros? Da igual. Parece que no, pero sí. Hazme caso.) Acabas de cambiar de trabajo a todos los efectos. En todos los aspectos. Olvida el pasado. Esto es otro mundo. Literalmente.
Pero ya tendrás tiempo de darte cuenta de eso. Ahora te sentes eufórico, y, en pocas horas, cuando pase el tiempo que necesites para asimilarlo, estarás... asustado.
Si ya has llegado a este punto, es el momento de empezar a trabajar en tus nuevas responsabilidades. ¿Cómo? ¿Haciendo una lista de las cosas que siempre quisiste que hiciera tu jefe y no hizo? ¿Preparando la primera reunión con tus superiores? ¿Ensayando la sonrisa y la forma de abordar a tus compañeros el lunes, ahora que se han cambiado las tornas?
No. Eso también, pero luego. Ahora, lo más importante, es empezar por practicar el hábito que más vas a necesitar a partir de ahora si quieres ser algo parecido a un buen jefe: la empatía.
Si ya has leído Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, de Stephen R. Covey, el concepto de empatía ya te resultará familiar. (Si no, aunque ya sea así, te recomiendo que vayas poniendo ese libro en cola para tus lecturas... en uno de los puestos altos.) Una definición reduccionista sería "ponerse en el lugar del otro". Pero habría que añadir: "teniendo en cuenta cómo es y las circunstancias del otro". Es decir, no basta con saber qué haría uno mismo si se encontrara en la situación del otro, sino qué haría si fuera, a todos los efectos y con todas sus circunstancias, el otro.
Bien. Ahora, cuando se haya pensado un par de veces en este hábito, y nos encontremos listos para practicarlo con honestidad, vamos a pensar en alguno de los jefes que hayamos tenido. Vamos a tratar de olvidarnos por un momento de la imagen global que guardamos de él. Y vamos a acordarnos de una situación concreta; preferiblemente, una en la que no hayamos resultado afectados nosotros directamente, por aquello de la empatía. Recordemos los detalles, el momento, las personas involucradas y la forma en que aquel jefe resolvió la situación. Y ahora, tratemos de pensar por qué decidió resolverla así y no de otra manera.
Tengamos en cuenta el carácter de aquel jefe, cómo le gustaba hacer las cosas, pero también quiénes y cómo eran sus jefes, su situación en la empresa, en una palabra, todo. Y entonces tratemos de entender (no necesariamente compartir) esa decisión. No vale quedarse en un "porque sí" (esto sería absurdo), "porque creía que era lo mejor" (esto es obvio) o "porque así se solucionaba el problema" (esto siempre es el efecto deseado, pero normalmente hay más de una forma de solucionar un problema). Hay que tratar de pensar qué tuvo que pensar aquel jefe y, sobre todo, cómo se sintió mientras tuvo que pensar la solución.
Te preguntarás para qué sirve todo este esfuerzo. Sobre todo teniendo en cuenta que el hecho de que sus compañeros (subordinados, jefes o iguales) probablemente no lo hagan nunca, porque para eso él es el jefe. Pues bien, sirve, en primer lugar, para darte cuenta de lo que los demás nunca van a hacer cuando te toque a ti tomar las decisiones: ponerse en tu lugar y comprenderte. (A, porque la solidaridad de los compañeros se termina con el cargo. Y B, porque ya no vas a poder desahogarte con ellos. Quizá tengas momentos de debilidad, pero los resultados ya te convencerán de no volver a hacerlo). Y segundo, y más importante, porque esta es la única manera que tienes por el momento de aprender de verdad a ser jefe.
A ser jefe no se aprende por la vía de la imitación, porque, como ya dijimos, cada jefe tiene su manera de ser y su estilo. No puedes copiar a otro, sencillamente porque no eres el otro. Lo único que puedes hacer es sacar conclusiones de lo que les ha pasado a otros, pero para eso necesitas comprenderlo todo y tratar de ver lo que otros no han visto, más allá de la superficie. Nadie se pone en el lugar del jefe. Si tú lo haces, aunque solo sea para aprender, tendrás mucho ganado, si eres lo bastante honesto contigo mismo. (Igual hasta te sorprendes pensando que quizá no era tan malo o tan inútil, sino que no le quedó otro remedio o no pudo ver otra solución... O no, pero, al menos, le has comprendido de verdad. Si es así, escríbeme. Me haría mucha ilusión.) Hazlo. Sin miedo. Sea cual sea el resultado, te será útil.
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